martes, 27 de septiembre de 2016

Tipos de Demonio: Baal

Empiezo esta serie en vista de que ha habido varias peticiones sobre la explicación de diferentes demonios, aquí encontraréis una visión de cómo ve el satanismo a cada uno de ellos, es decir, que puede que desde otro prisma cambien muchos datos, esta explicación es la de los satanistas y satánicos (clásicos) hoy comenzamos con Baal.



Se trata del rey del infierno, es el emisario de Satanás en el inframundo. Mientras que Satán tiene que ocuparse de millones de cosas fuera del averno, tiene que existir un control férreo y quien se encarga de ello es Baal o Baäl, a veces posee a gente que tiene capacidades psíquicas extraordinarias y trata así de reclutar nuevos vasallos para su ejército infernal que mantiene el orden en el territorio de los demonios.
Los judíos que más tarde se convertirían al cristianismo, pudieron ver como algunos pueblos de Asia menor las gentes adoraban a los "baal" que eran dioses masculinos que concedían paz y serenidad a los pueblos a cambio de sacrificios según cuenta el historiador venezolano José Alfonso Puertas Pereira (gran amigo mío y colaborador ocasional del blog) rápidamente se dieron cuenta de que se trataba de entidades demoníacas que ofrecían pactos en los que siempre salían ganando y además, hostigaban a los gobernantes de los pueblos que le adoraban haciendo que tomaran medidas en contra de sus propios ciudadanos.

Hay quien dice que Baal se ha apoderado de muchos gobiernos contemporáneos y es por ello que actúan de forma incomprensiblemente dañina contra los países en los que tienen influencia.

miércoles, 21 de septiembre de 2016

Drogas

"Las drogas son un pasaje al paraíso, pero solo de ida."
Mark Kerkel - Prostitutas, saflán y whisky.


Al igual que una anestesia cuando uno va a ser intervenido quirúrgicamente, las drogas son el placer fácil y sin esfuerzo que nos transmiten una sensación de calma y paz a la par que ignoramos totalmente el dolor, el dolor de levantarse cada día y abocarnos a la rutina, la repetición desaborida e implacable que atrapa este sentimiento de luz y serenidad que mantiene caliente nuestra alma y la protege frente a la desilusión, la ira y la paranoia.

Sin embargo hay un precio, una consecuencia letal e insostenible para nuestro bienestar y equilibrio mental. al principio la percepción es de olores místicos que abren nuestros sentidos, la temperatura es la justa para no tener frío ni calor y obviar nuestra necesidad de templarnos como desatendemos el requisito de oxigenar nuestro organismo porque sabemos que ya se ocupa él mismo de tal proceso mecanizado. Las visiones de objetos derritiéndose a nuestro paso y ese aislamiento frente a un mundo plagado de escoria que agoniza por ser destruido solo para acabar con el parásito que lo va aniquilando diariamente. Estar drogado es algo verdaderamente genuino e inexplicable. Sesga de un tacazo toda nuestra inteligencia y nos devuelve a estados primitivos como los de un bebé, que alucina con cualquier cosa y no teme por las consecuencias, ese estado que imitamos al dormir en el que nos acurrucamos en forma fetal y reproducimos las mismas sensaciones de oscuridad, calor y tranquilidad que teníamos en nuestro nido.

Está claro que el ser humano nace prematuro, prueba de ello es que al contrario que los animales, no está del todo desarrollado y tarda en caminar y adquirir habilidades necesarias para sobrevivir demasiado tiempo. Las drogas nos permiten volver a esa circunstancia primigenia que tanto añoramos y es por ello que cada vez, generamos una dependencia mayor hacia ellas, porque en cualquier comparativa con la realidad, el mundo de la fantasía y la ignorancia siempre salen ganando. El desconocimiento es la felicidad, cuanto uno más sabe más sufre y es por ello que tratamos de erosionar nuestra mente hasta estar en estados casi vegetativos.

El gran problema es que el cuerpo lucha contra eso y cada vez se necesita mayor cantidad para poder volver a esa isla a ese oasis del éxtasis y la iluminación. El cerebro se pudre, el sufrimiento siempre vuelve y finalmente, acabamos marchitándonos y muriendo mientras el resto nos desprecian.